Me senté esperando que el sol saliera de su descanso nocturno y miré los objetos preparados sobre la mesa del jardín: lana de colores vivos, rojo, verde, amarillo y un tenue celeste que reflejaba el estado del cielo, en la dorada mañana. Junto a las ovillos, la aguja de crochet, que seguramente ansiaba la llegada de las manos expertas que la mantuvieran en movimiento para enlazarse, azorosamente en el arte de la creación.
Con timidez tomé un ovillo de lana al azar, plácidamente noté que el elegido era mi color favorito, el verde brillante, algunos dicen que representa la esperanza, y en este momento si algo me faltaba era ese condimento para mi vida.
Acaricié la lana suave, cerré mis ojos y logré sentir una sensación de paz que recorría mi cuerpo. Tomé la aguja y ensayando, con movimientos torpes, pude poner en práctica, el arte de tejer. Recordé aquellos días en que aprendí de la mano de mi madre, a hacer cuadrados de colores para armar interminables acolchados y almohadones que luego decoraban la casa familiar.
Comencé a hilvanar uno por uno los puntos que formaban la cadeneta, después poco a poco, el enlazado de los hilos que conformaban la lana, comenzaron a tomar forma y enhebrarse en una fantástica figura que terminó siendo parte del ansiado almohadón.
Así seguí por horas, tejiendo y recordando, hermosos momentos de la vida, sin poder parar ni un segundo, quizás en un deseo compulsivo por volver a aquellos tiempos. Cuando el sol, casi se escondía, terminé cada una de las partes de mi obra de arte. Pacientemente las uní, y con lágrimas en los ojos, pude verme a mi misma, recuperando en aquel sencillo tejido, parte de mi vida:, sensaciones, sentimientos, risas, lágrimas, y ganas de volver a empezar a cada instante, a pesar de todo.
Entonces descubrí que la esperanza volvía, que sabía que podía seguir o mejor dicho sabía que podía levantarme y seguir tejiendo, como tantas otras veces, con distintos colores, con diferentes texturas. Entretejer cada día, soñando, sintiendo, viviendo.
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