Sentí que el tiempo se había
detenido en ese mismo momento, el sonido de mi corazón latiendo desenfrenado,
me sacó de mi inmovilidad. Ahí estaba él, después de tantos años, después de
tantas cosas pasadas, después de tanta felicidad y tanto dolor.
Lo miré a los ojos, y sostuvo mi
mirada, como antes, como tanto tiempo antes. Un movimiento casi imperceptible,
me hizo reparar en la niña que estaba agarrada de su mano, y que
insistentemente le pedía que le comprara un alfajor de chocolate. Él había
dejado de mirar el escaparate del kiosco, que esa tarde yo atendía por
casualidad.
La conversación con la niña se
interrumpió de golpe. Me miraba, y no logré articular palabra. Entonces de
pronto, se acercó y me saludó con un beso, en la mejilla, como si no hubieran
pasado más de diez años.
Sorprendida ante su gesto, solo pude
balbucear un hola, casi imperceptible, pero que desató en él una dulce sonrisa.
Mi vida pasó en ese minuto por delante de mis ojos.
La niña, ahora en silencio, tiraba
del brazo del hombre, que me seguía mirando con desvelo.
Reaccioné, el alma me volvió al
cuerpo, parecía que mi corazón finalmente se había calmado y pude hablar. Le
pregunté como estaba, qué hacía por el lugar, qué necesitaba, dónde había
estado, y millones de preguntas que salían disparadas sin pensarlas de mi boca,
que reseca, trataba de modular lo más claramente posible.
De pronto, agarró un alfajor de
chocolate, se lo extendió a la niña, que ya calmada comenzó a desenvolverlo y
comerlo con placer.
Él se sentó a mi lado, en la pequeña
banqueta y me miró profundamente. Entonces de golpe, todas mis preguntas fueron
una a una respondidas, sin pausa, cómo se las había formulado.
Lo escuché sin interrumpir, me contó
de su viaje, de su trabajo, de que la niña que lo acompañaba era su hija, de su
matrimonio frustrado, de la muerte inesperada de su ex esposa y de su vida
actual.
La niña, otra vez reclamaba su
atención, entonces decidió presentármela, y le dijo que yo era una vieja amiga.
Me dolió esa palabra, había sido mucho más que su amiga, había sido la mujer a
la que amó profundamente, y quien lo dejó un día, sin explicaciones de por medio.
Lo miré, y aún sentí que el amor que
sentía por él estaba intacto, que nunca había dejado de amarlo, y en ese mismo
momento me odié por haberlo abandonado.
Había tenido mis razones, y nunca me
animé a contárselas. Quizás ahora tampoco lo hiciera, había pasado tanto
tiempo, no valía la pena.
Sin preguntarme nada de mi vida,
pagó el alfajor que había comido su hijita, tendría apenas cuatro años o cinco,
esperó un rato y se despidió de mí. Ahora ya sin un beso, se podía observar en
su rostro un gesto de enojo, de desilusión, seguramente esperaba alguna
explicación de mi parte, pero mi silencio le transformó el rostro dulce con el
que me había besado al reconocerme.
Salió por la puerta y fui incapaz de
salir corriendo a buscarlo, y contarle por qué lo había dejado, por qué había
desaparecido de su vida, para irme sin explicación a un pueblito del sur, a
deambular sin rumbo fijo. Contarle de los días duros que había pasado, sin él,
tan lejos de todo lo que amaba.
Hubiera querido contarle, que mi
vida en esos días había cambiado de golpe, que otro hombre, había arruinado mis
ilusiones, mis sueños y me había hecho sentir culpable de algo que no había
provocado. Contarle que después del ataque brutal, me había convertido en un
ser rencoroso, oscuro, sin esperanzas. Y que por eso me fui, tratando de
olvidar lo sucedido, alejándome de todo y en especial de él.
Le podría haber contado, que yo
también tengo un hijo, y que todavía no sé de quién es, y que como tengo miedo
de saberlo, quizás nunca me anime a buscar la verdad.
También podría haberle contado, que
sufrí mucho, que lo extrañé aún más, y que solo mi hijo, hoy todo un
hombrecito, pudo paliar mi dolor, pudo sostenerme con vida. Y que una esperanza
aún late en mí, que este hijo sea suyo.
Quizás algún día, me animé y lo
busqué, quizás por eso la vida nos cruzó en este lugar impensado, dándome una
nueva oportunidad para volver a vivir.
Quizás lo haga, creo que me dijo que
vivía en el barrio, quizás recorra cada casa para encontrarlo o quizás no,
quizás siga con esta incertidumbre toda la vida, no sé. Aunque reconozco, que
tengo muchas ganas de volver a sentir, de abrazarlo, de decirle que nunca dejé
de amarlo, qué nunca pude ser feliz, desde aquellos días.
De pronto, un grito de niño, me saca
de mis cavilaciones, -¡Mamá! grita Emanuel. Es mi hijo que con su carita de
alegría, me abraza y me besa como si fuera la última vez. Lo rodeo con mis
brazos, siento su corazón desenfrenado, lo miro, y reconozco un parecido notable, con el otro Emanuel, el
que se fue hace solo unos minutos, sin volver la vista atrás, evitando así que
yo vea su frustración.
Una nueva esperanza ilumina mi
rostro, abrazo a mi hijo, y me digo a mi misma que quizás algún día me anime a
buscarlo, a contarle, a confiar en qué la felicidad es posible, a poder darle
una respuesta a mi hijo, y así pueda
responder ese día la pregunta que no deja de lastimar mi alma cada día,
cuándo Emanuel me pregunta dónde está su papa.
Si quizás algún día pueda, por
Emanuel, por él y por mí. Ojalá, me anime a volver a vivir...