HIJA
La vi.
llegar, y no pude evitar un gesto de alivio mezclado con una dulce
tranquilidad.
Entró con sencillez, como era ella, y al atravesar la
vieja puerta de madera, mi memoria gastada por el paso de los años, me trajo
imágenes de otros tiempos, no tan felices para nosotros.
El llanto
rompió el silencio de la sala, y la muerte sucumbió ante tanta vida. La madre
de la recién nacida, se apagaba ante el
primer llanto. Había muerto. Y él, al
recibir en sus brazos a su pequeña hija, supo que la vida había dejado de ser
lo que era. Y que todo volvería a comenzar o que definitivamente terminaría.
Junto la ropa
de su mujer, la puso en el bolso gastado, que con tanta alegría habían armado
juntos hacía más de un mes. Tomó a su hija en sus brazos, la miró con lágrimas
en los ojos, y atravesó por última vez, la habitación de la maternidad
municipal.
Cuando llegó
a la humilde casa de su pueblo natal, puso a la bebé en la cuna junto a la cama
matrimonial y comenzó a llorar.
Miró a su
alrededor, y por primera vez, la pobreza le dolió, porque sintió que ella se
había llevado a la mujer que amaba. Observó con ternura dormir a su pequeña hijita, envuelta en una mantita
rosa tejida, que su mamá había hecho, ni bien se enteraron que iban a tener una
mujercita. La tapó, para que el frío que entraba por las ventanas oxidadas, no
calara sus frágiles huesos, y se acostó a dormir.
Pasaron los
años, y Camila creció en esas cuatro paredes, que fueron agrandándose con el
tiempo, por el esfuerzo denodado de su padre, que agregó una habitación, amplió
el comedor y colocó pisos de color verde
manzana, porque su hija adoraba ese tono.
La primaria y la secundaria, las hizo en una escuela de
monjas que quedaba en el barrio de enfrente. Gracias a sus tres trabajos y a su madre, que lo ayudó de
manera incondicional, pudieron transcurrir juntos la vida con dignidad.
Camila era muchacha
alta, de ojos claros y pelo oscuro y brilloso como el de su mamá.
Logró conseguir una beca en la Universidad Nacional ,
había sido una excelente alumna siempre y merecía estudiar, siempre había
querido ser abogada y él le había prometido que podría serlo.
Luchó por su
hija siempre, dejó su vida en ella, por el amor que le tenía y por el amor que
sabía le tenía su madre. Le debía un futuro y pudo dárselo.
La voz de su Camila
lo hizo volver al presente, dejando atrás los recuerdos. Ella se sentó sobre sus falda, como lo hacía de
chiquita, tenía en su rostro la mirada de su madre, pero más brillante, con el
brillo que da el triunfo de conseguir los sueños perseguidos.
Venía de su primera entrevista de trabajo, en un
importante estudio de abogados. La miré, esperando la noticia. Me acarició el
rostro, surcado de arrugas, producto del trabajo intenso bajo el sol de las
obras en construcción. Me sonrió con un dejo de picardía, y con un abrazo
intenso, profundo me susurró que me amaba, y que me agradecía todo lo hecho.
La alejé
suavemente de mi rostro, y le pregunté
cómo le había ido. Se paró graciosamente, haciendo ademanes y gestos serios que imitaban el comportamiento de un formal abogado, y me dio la noticia: el
lunes empezaba, la habían elegido para el puesto. Me aclaró enseguida, que era
a prueba, que había que esperar. La abracé muy fuerte, y la emoción nos inundó
a los dos.
Recordé a su
madre, y supe que ella también lo estaba haciendo. Reviví mi vida, paso a
paso, lucha a lucha, momento a momento, y pude decir, con un grito ahogado que
salía de lo más profundo de mi corazón: ¡tarea cumplida! Me miró asombrada, con
un gesto pícaro, y con ojos dulces, como los de su madre y como lo
hacía ella, me brindó un te amo, el mejor de mi vida, el más preciado, el más
deseado.
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