lunes, 9 de mayo de 2016

HIJA

La vi. llegar, y no pude evitar un gesto de alivio mezclado con una dulce tranquilidad.
            Entró con sencillez, como era ella, y al atravesar la vieja puerta de madera, mi memoria gastada por el paso de los años, me trajo imágenes de otros tiempos, no tan felices para nosotros.

El llanto rompió el silencio de la sala, y la muerte sucumbió ante tanta vida. La madre de  la recién nacida, se apagaba ante el primer llanto. Había muerto. Y él,  al recibir en sus brazos a su pequeña hija, supo que la vida había dejado de ser lo que era. Y que todo volvería a comenzar o que definitivamente terminaría.
Junto la ropa de su mujer, la puso en el bolso gastado, que con tanta alegría habían armado juntos hacía más de un mes. Tomó a su hija en sus brazos, la miró con lágrimas en los ojos, y atravesó por última vez, la habitación de la maternidad municipal.
Cuando llegó a la humilde casa de su pueblo natal, puso a la bebé en la cuna junto a la cama matrimonial  y comenzó a llorar.
Miró a su alrededor, y por primera vez, la pobreza le dolió, porque sintió que ella se había llevado a la mujer que amaba. Observó  con ternura dormir  a su pequeña hijita, envuelta en una mantita rosa tejida, que su mamá había hecho, ni bien se enteraron que iban a tener una mujercita. La tapó, para que el frío que entraba por las ventanas oxidadas, no calara sus frágiles huesos, y se acostó a dormir.

Pasaron los años, y Camila creció en esas cuatro paredes, que fueron agrandándose con el tiempo, por el esfuerzo denodado de su padre, que agregó una habitación, amplió  el comedor y colocó pisos de color verde manzana, porque su hija adoraba ese tono.
La  primaria y  la secundaria, las hizo en una escuela de monjas que quedaba en el barrio de enfrente. Gracias a sus  tres trabajos y a su madre, que lo ayudó de manera incondicional, pudieron transcurrir juntos la vida con dignidad.


Camila era muchacha alta, de ojos claros y pelo oscuro y brilloso como el de su mamá.
            Logró conseguir una beca en la Universidad Nacional, había sido una excelente alumna siempre y merecía estudiar, siempre había querido ser abogada y él le había prometido que podría serlo.
Luchó por su hija siempre, dejó su vida en ella, por el amor que le tenía y por el amor que sabía le tenía su madre. Le debía un futuro y pudo dárselo.

La voz de su Camila lo hizo volver al presente, dejando atrás los recuerdos. Ella  se sentó sobre sus falda, como lo hacía de chiquita, tenía en su rostro la mirada de su madre, pero más brillante, con el brillo que da el triunfo de conseguir los sueños perseguidos.
            Venía de su primera entrevista de trabajo, en un importante estudio de abogados. La miré, esperando la noticia. Me acarició el rostro, surcado de arrugas, producto del trabajo intenso bajo el sol de las obras en construcción. Me sonrió con un dejo de picardía, y con un abrazo intenso, profundo me susurró que me amaba, y que me agradecía todo lo hecho.

La alejé suavemente de mi rostro, y  le pregunté cómo le había ido. Se paró graciosamente, haciendo ademanes y gestos serios  que imitaban el comportamiento de  un formal abogado, y me dio la noticia: el lunes empezaba, la habían elegido para el puesto. Me aclaró enseguida, que era a prueba, que había que esperar. La abracé muy fuerte, y la emoción nos inundó a los dos.
Recordé a su madre, y supe que ella también lo estaba haciendo. Reviví mi vida,   paso a paso, lucha a lucha, momento a momento, y pude decir, con un grito ahogado que salía de lo más profundo de mi corazón: ¡tarea cumplida! Me miró asombrada, con un gesto pícaro, y con ojos dulces, como los de su madre y como   lo hacía ella, me brindó un te amo, el mejor de mi vida, el más preciado, el más deseado.



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