miércoles, 11 de mayo de 2016

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


            Sentí que el tiempo se había detenido en ese mismo momento, el sonido de mi corazón latiendo desenfrenado, me sacó de mi inmovilidad. Ahí estaba él, después de tantos años, después de tantas cosas pasadas, después de tanta felicidad y tanto dolor.
            Lo miré a los ojos, y sostuvo mi mirada, como antes, como tanto tiempo antes. Un movimiento casi imperceptible, me hizo reparar en la niña que estaba agarrada de su mano, y que insistentemente le pedía que le comprara un alfajor de chocolate. Él había dejado de mirar el escaparate del kiosco, que esa tarde yo atendía por casualidad.
            La conversación con la niña se interrumpió de golpe. Me miraba, y no logré articular palabra. Entonces de pronto, se acercó y me saludó con un beso, en la mejilla, como si no hubieran pasado más de diez años.
            Sorprendida ante su gesto, solo pude balbucear un hola, casi imperceptible, pero que desató en él una dulce sonrisa. Mi vida pasó en ese minuto por delante de mis ojos.
            La niña, ahora en silencio, tiraba del brazo del hombre, que me seguía mirando con desvelo.
            Reaccioné, el alma me volvió al cuerpo, parecía que mi corazón finalmente se había calmado y pude hablar. Le pregunté como estaba, qué hacía por el lugar, qué necesitaba, dónde había estado, y millones de preguntas que salían disparadas sin pensarlas de mi boca, que reseca, trataba de modular lo más claramente posible.
            De pronto, agarró un alfajor de chocolate, se lo extendió a la niña, que ya calmada comenzó a desenvolverlo y comerlo con placer.
            Él se sentó a mi lado, en la pequeña banqueta y me miró profundamente. Entonces de golpe, todas mis preguntas fueron una a una respondidas, sin pausa, cómo se las había formulado.
            Lo escuché sin interrumpir, me contó de su viaje, de su trabajo, de que la niña que lo acompañaba era su hija, de su matrimonio frustrado, de la muerte inesperada de su ex esposa y de su vida actual.
            La niña, otra vez reclamaba su atención, entonces decidió presentármela, y le dijo que yo era una vieja amiga. Me dolió esa palabra, había sido mucho más que su amiga, había sido la mujer a la que amó profundamente, y quien lo dejó un día,  sin explicaciones de por medio.
            Lo miré, y aún sentí que el amor que sentía por él estaba intacto, que nunca había dejado de amarlo, y en ese mismo momento me odié por haberlo abandonado.
            Había tenido mis razones, y nunca me animé a contárselas. Quizás ahora tampoco lo hiciera, había pasado tanto tiempo, no valía la pena.
            Sin preguntarme nada de mi vida, pagó el alfajor que había comido su hijita, tendría apenas cuatro años o cinco, esperó un rato y se despidió de mí. Ahora ya sin un beso, se podía observar en su rostro un gesto de enojo, de desilusión, seguramente esperaba alguna explicación de mi parte, pero mi silencio le transformó el rostro dulce con el que me había besado al reconocerme.
            Salió por la puerta y fui incapaz de salir corriendo a buscarlo, y contarle por qué lo había dejado, por qué había desaparecido de su vida, para irme sin explicación a un pueblito del sur, a deambular sin rumbo fijo. Contarle de los días duros que había pasado, sin él, tan lejos de todo lo que amaba.
            Hubiera querido contarle, que mi vida en esos días había cambiado de golpe, que otro hombre, había arruinado mis ilusiones, mis sueños y me había hecho sentir culpable de algo que no había provocado. Contarle que después del ataque brutal, me había convertido en un ser rencoroso, oscuro, sin esperanzas. Y que por eso me fui, tratando de olvidar lo sucedido, alejándome de todo y en especial de él.
            Le podría haber contado, que yo también tengo un hijo, y que todavía no sé de quién es, y que como tengo miedo de saberlo, quizás nunca me anime a buscar la verdad.
            También podría haberle contado, que sufrí mucho, que lo extrañé aún más, y que solo mi hijo, hoy todo un hombrecito, pudo paliar mi dolor, pudo sostenerme con vida. Y que una esperanza aún late en mí, que este hijo sea suyo.
            Quizás algún día, me animé y lo busqué, quizás por eso la vida nos cruzó en este lugar impensado, dándome una nueva oportunidad para volver a vivir.
            Quizás lo haga, creo que me dijo que vivía en el barrio, quizás recorra cada casa para encontrarlo o quizás no, quizás siga con esta incertidumbre toda la vida, no sé. Aunque reconozco, que tengo muchas ganas de volver a sentir, de abrazarlo, de decirle que nunca dejé de amarlo, qué nunca pude ser feliz, desde aquellos días.
            De pronto, un grito de niño, me saca de mis cavilaciones, -¡Mamá! grita Emanuel. Es mi hijo que con su carita de alegría, me abraza y me besa como si fuera la última vez. Lo rodeo con mis brazos, siento su corazón desenfrenado, lo miro, y reconozco  un parecido notable, con el otro Emanuel, el que se fue hace solo unos minutos, sin volver la vista atrás, evitando así que yo vea su frustración.
            Una nueva esperanza ilumina mi rostro, abrazo a mi hijo, y me digo a mi misma que quizás algún día me anime a buscarlo, a contarle, a confiar en qué la felicidad es posible, a poder darle una respuesta a mi hijo, y así pueda  responder ese día la pregunta que no deja de lastimar mi alma cada día, cuándo Emanuel me pregunta dónde está su papa.

            Si quizás algún día pueda, por Emanuel, por él y por mí. Ojalá, me anime a volver a vivir...

No hay comentarios:

Publicar un comentario