domingo, 27 de marzo de 2016


Y escuchó una voz y abrió sus ojos, y sintió la vida, otra vez. Levantó sus manos acariciando el viento. Miró el cielo y agradeció en silencio. Caminó despacio, recorrió la tierra, disfrutó los mares, durmió en las arenas blancas, susurró a los pájaros, contempló los pueblos y se sumergió en el tiempo. Agradeció en silencio, otra vez, el poder volver.

LA PARTIDA

La partida
                Las palabras taladraban aún su cabeza, retumbaban siniestras, sombrías, enormes detrás de sus ojos celestes claros, muy claros. Se miró al espejo y su rostro tenía aún las huellas de un llanto reciente, que habían dejado señales de aquella tristeza que recién comenzaba, pero que sabía que nunca más la iba a dejar ir.
                Como mil veces en esas nefastas horas, que la separaban de lo sucedido, recordó la escena, la vivió como si una vez más estuviera pasando.
                Lo vio partir, con su valija nueva, los trajes en una funda negra, haciendo juego con la maleta. Parecía en paz, por fin después de un año infernal, su rostro estaba en calma. Le había dicho lo que sentía, le contaba con palabras susurrantes lo que le estaba pasando. Ella lo escuchaba, pero sabía que como tantas otras veces iba a volver, que otra vez estaba confundido, que como antes se iba a cansar de su novia nueva.
                Atravesó la puerta, y sus pasos resonaron en el pasillo del departamento,  que habían elegido y reciclado juntos. Pensó que pronto iba a volver, pero pasaron las horas y sus pasos no se escucharon de nuevo en  las baldosa antigua, del infinito pasillo con  rayas amarillas y rojas.
                Se lavó  la cara, el agua fría la hizo estremecer. Era otra mañana helada del invierno cruel que habitaba en la pequeña  ciudad de montaña, que hacía años habían elegido para vivir juntos.
                Miró su rostro y buscó el suyo, en el reflejo del espejo. pero su imagen ya no se reflejaba en él. Aún no puede acostumbrarse a su ausencia.
                Vuelve sobre sus pasos, y la cama vacía le habla  de él.  Abre el ropero y el lugar dejado por sus trajes y zapatos le hieren como cada mañana,  el alma.
                Saca una pollera negra, una polera blanca y  un swete, también de color negro. Con desgano se viste, después de haberse dado una ducha hirviendo, su cuerpo aún conserva el calor del agua, y extraña  el  calor, de ese otro cuerpo que cada mañana la abrazaba.
                Prefiere no desayunar, piensa en comprar un café al paso, antes de entrar a la oficina. Sabe  que ahí tampoco él  va a estar, ya no lo va a ver más sentado en su sillón de cuero, observando cada uno de sus movimientos, extrañándola, y esperando el momento del almuerzo, para compartir una charla y los planes de la noche.
                Entra a la oficina, aún cabizbaja, saluda  con una voz que apenas es un susurro,  evita las miradas de los demás, a pesar del tiempo, saben que aún sienten compasión por ella. Acomoda su café en el escritorio, se saca el abrigo, revisa sus  mensajes y como cada día de su vida, en los últimos cinco años, comienza a trabajar.
                Al salir, lo busca entre la gente que camina apurada para regresar a su hogar, pero a pesar de que mil siluetas le recuerdan su figura, cuando se acercan son otros, con otras historias, con otros recuerdos y seguramente con otros amores.
                Otra vez el pasillo, otra vez la casa, otra vez la misma soledad. Come algo liviano y sin sacarse la ropa se acuesta.
                Sabe que mañana el día será distinto, como cada sábado, comprará las mismas flores, en el mismo puesto, luego caminará  el pasillo eterno del viejo cementerio. Se arrodillará en la tumba, sacará las flores marchitas, lavará el florero, colocará las nuevas, besará su rostro y partirá dolida por el desencuentro.
                Seguirá recordando siempre aquél momento, el de su partida, su rostro en paz, sus palabras crueles y el final incierto.
                Finalmente caerá rendida, saboreando el llanto y esperando verlo, aunque sea en sueños.





miércoles, 23 de marzo de 2016

De nuevo por aca...

Hoy casi sin quererlo me reencuentro con mi blog, distintas circunstancias me hicieron abandonar este hermoso hábito de compartir con quien me quiera leer, mis historias de vida. Así que a comenzar de nuevo, compartiendo otra historia escrita para contar cosas que pasan, cosas que pueden pasar y cosas que jamás pasarán por lo menos en la vida real.

La niña

El rostro curtido por el frío invierno se entremezcla con la inocencia de su corta edad. Las manos frías, la mirada oculta en un flequillo, que enmarca sus ojos tristes, desesperanzados.
La observé, lo mismo hizo ella conmigo. Sostener esa mirada, me causó culpa, tristeza, impotencia, dolor.
No supe que decir, se acercó despacio, y con voz muy baja, imperceptible, pidió caramelos, tuve que preguntarle más de una vez que me decía, hasta que finalmente, pude entender en su media lengua, producto de su corta edad, el pedido. Palpé mis bolsillos, sabiendo que en ellos no iba a encontrar aquello que me pedía, y con profunda pena le dije que no tenía. Me miró con desconfianza, y volví a repetir la frase estúpida, ahora de manera entrecortada. Sus ojos se pusieron un poco más tristes que antes, y siguió observando, mientras contemplaba las rústicas artesanías, que su mamá ofrecía a la vera de la ruta. Le pedí ayuda para elegir las macetas hechas de cardón pelado, y cuyas estrellas eran las pencas, que poblaban generosamente el lugar.
No respondió, quizás entendiendo poco porque no podía cumplir con su pedido, y me sentí culpable, por no saber, por no poder cumplir con su deseo. Quise compensar esa tristeza comprando más de una maceta, alabando la habilidad de su mamá en la obra terminada. Pero de nada sirvió, su mirada triste seguía observando mis bolsillos, quizás esperando que milagrosamente se llenaran de dulces caramelos.
Terminé de comprar, torpemente, ofrecí a la mujer que se quedar con el vuelto, quizás esperando que con ese dinero pudiera compensar a la niña con  los caramelos no regalados.
Tomé las macetas, la miré por última vez, agradecí a su madre, me subí al auto y mi mente se sumió en una tristeza colmada de culpa.
Arranqué,  la vi por el espejo retrovisor, me seguía observando, y escapé de aquello, me encerré en mi mente tratando de no pensar, sobre todo tratando de no sentir. Me tragué la culpa, me sentí lejana, y a la vez cerca.
No olvido su rostro. Me quedó grabado, quizás para siempre, su mirada negra, sus ojos enormes, su cachetes rojos, su intenso reproche, y me quedó la culpa, de no haber sabido, que la pequeña niña se  cruzaría en mi vida con tal humilde pedido, y no poder cumplirlo me dejó devastada, quizás por un rato, o quizás para siempre.

Mientras tenga  vida, no olvidaré a la pequeña que en el medio de un camino, dónde el frío apremia, donde la pobreza es mucha, me pidió simplemente un puñado de dulce, para enterrar su tristeza y contagiarse un poco de la vida de aquellos, que pasan por la ruta y paran para comprar unas pencas, dejando muy atrás tanta pobreza.