miércoles, 23 de marzo de 2016

De nuevo por aca...

Hoy casi sin quererlo me reencuentro con mi blog, distintas circunstancias me hicieron abandonar este hermoso hábito de compartir con quien me quiera leer, mis historias de vida. Así que a comenzar de nuevo, compartiendo otra historia escrita para contar cosas que pasan, cosas que pueden pasar y cosas que jamás pasarán por lo menos en la vida real.

La niña

El rostro curtido por el frío invierno se entremezcla con la inocencia de su corta edad. Las manos frías, la mirada oculta en un flequillo, que enmarca sus ojos tristes, desesperanzados.
La observé, lo mismo hizo ella conmigo. Sostener esa mirada, me causó culpa, tristeza, impotencia, dolor.
No supe que decir, se acercó despacio, y con voz muy baja, imperceptible, pidió caramelos, tuve que preguntarle más de una vez que me decía, hasta que finalmente, pude entender en su media lengua, producto de su corta edad, el pedido. Palpé mis bolsillos, sabiendo que en ellos no iba a encontrar aquello que me pedía, y con profunda pena le dije que no tenía. Me miró con desconfianza, y volví a repetir la frase estúpida, ahora de manera entrecortada. Sus ojos se pusieron un poco más tristes que antes, y siguió observando, mientras contemplaba las rústicas artesanías, que su mamá ofrecía a la vera de la ruta. Le pedí ayuda para elegir las macetas hechas de cardón pelado, y cuyas estrellas eran las pencas, que poblaban generosamente el lugar.
No respondió, quizás entendiendo poco porque no podía cumplir con su pedido, y me sentí culpable, por no saber, por no poder cumplir con su deseo. Quise compensar esa tristeza comprando más de una maceta, alabando la habilidad de su mamá en la obra terminada. Pero de nada sirvió, su mirada triste seguía observando mis bolsillos, quizás esperando que milagrosamente se llenaran de dulces caramelos.
Terminé de comprar, torpemente, ofrecí a la mujer que se quedar con el vuelto, quizás esperando que con ese dinero pudiera compensar a la niña con  los caramelos no regalados.
Tomé las macetas, la miré por última vez, agradecí a su madre, me subí al auto y mi mente se sumió en una tristeza colmada de culpa.
Arranqué,  la vi por el espejo retrovisor, me seguía observando, y escapé de aquello, me encerré en mi mente tratando de no pensar, sobre todo tratando de no sentir. Me tragué la culpa, me sentí lejana, y a la vez cerca.
No olvido su rostro. Me quedó grabado, quizás para siempre, su mirada negra, sus ojos enormes, su cachetes rojos, su intenso reproche, y me quedó la culpa, de no haber sabido, que la pequeña niña se  cruzaría en mi vida con tal humilde pedido, y no poder cumplirlo me dejó devastada, quizás por un rato, o quizás para siempre.

Mientras tenga  vida, no olvidaré a la pequeña que en el medio de un camino, dónde el frío apremia, donde la pobreza es mucha, me pidió simplemente un puñado de dulce, para enterrar su tristeza y contagiarse un poco de la vida de aquellos, que pasan por la ruta y paran para comprar unas pencas, dejando muy atrás tanta pobreza.

1 comentario:

  1. Hermoso relato Alicia ! me quedó un nudo en la garganta ,casi podía ver a esa niña!
    Quedo a la espera de tu siguiente publicación.Besos.

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