La partida
Las
palabras taladraban aún su cabeza, retumbaban siniestras, sombrías, enormes
detrás de sus ojos celestes claros, muy claros. Se miró al espejo y su rostro
tenía aún las huellas de un llanto reciente, que habían dejado señales de
aquella tristeza que recién comenzaba, pero que sabía que nunca más la iba a
dejar ir.
Como
mil veces en esas nefastas horas, que la separaban de lo sucedido, recordó la
escena, la vivió como si una vez más estuviera pasando.
Lo
vio partir, con su valija nueva, los trajes en una funda negra, haciendo juego
con la maleta. Parecía en paz, por fin después de un año infernal, su rostro
estaba en calma. Le había dicho lo que sentía, le contaba con palabras
susurrantes lo que le estaba pasando. Ella lo escuchaba, pero sabía que como
tantas otras veces iba a volver, que otra vez estaba confundido, que como antes
se iba a cansar de su novia nueva.
Atravesó
la puerta, y sus pasos resonaron en el pasillo del departamento, que habían elegido y reciclado juntos. Pensó
que pronto iba a volver, pero pasaron las horas y sus pasos no se escucharon de
nuevo en las baldosa antigua, del
infinito pasillo con rayas amarillas y
rojas.
Se
lavó la cara, el agua fría la hizo
estremecer. Era otra mañana helada del invierno cruel que habitaba en la
pequeña ciudad de montaña, que hacía
años habían elegido para vivir juntos.
Miró
su rostro y buscó el suyo, en el reflejo del espejo. pero su imagen ya no se
reflejaba en él. Aún no puede acostumbrarse a su ausencia.
Vuelve
sobre sus pasos, y la cama vacía le habla de él. Abre
el ropero y el lugar dejado por sus trajes y zapatos le hieren como cada mañana,
el alma.
Saca
una pollera negra, una polera blanca y un swete, también de color negro. Con desgano
se viste, después de haberse dado una ducha hirviendo, su cuerpo aún conserva
el calor del agua, y extraña el calor, de ese otro cuerpo que cada mañana la
abrazaba.
Prefiere
no desayunar, piensa en comprar un café al paso, antes de entrar a la oficina.
Sabe que ahí tampoco él va a estar, ya no lo va a ver más sentado en
su sillón de cuero, observando cada uno de sus movimientos, extrañándola, y
esperando el momento del almuerzo, para compartir una charla y los planes de la
noche.
Entra
a la oficina, aún cabizbaja, saluda con
una voz que apenas es un susurro, evita
las miradas de los demás, a pesar del tiempo, saben que aún sienten compasión
por ella. Acomoda su café en el escritorio, se saca el abrigo, revisa sus mensajes y como cada día de su vida, en los
últimos cinco años, comienza a trabajar.
Al
salir, lo busca entre la gente que camina apurada para regresar a su hogar,
pero a pesar de que mil siluetas le recuerdan su figura, cuando se acercan son
otros, con otras historias, con otros recuerdos y seguramente con otros amores.
Otra
vez el pasillo, otra vez la casa, otra vez la misma soledad. Come algo liviano
y sin sacarse la ropa se acuesta.
Sabe
que mañana el día será distinto, como cada sábado, comprará las mismas flores,
en el mismo puesto, luego caminará el
pasillo eterno del viejo cementerio. Se arrodillará en la tumba, sacará las
flores marchitas, lavará el florero, colocará las nuevas, besará su rostro y
partirá dolida por el desencuentro.
Seguirá
recordando siempre aquél momento, el de su partida, su rostro en paz, sus
palabras crueles y el final incierto.
Finalmente
caerá rendida, saboreando el llanto y esperando verlo, aunque sea en sueños.
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