viernes, 15 de abril de 2016

LA ESTACIÓN

Siempre me gustaron los trenes. El ruido ensordecedor de la máquina de gasoil, el sonido en la estación del tren eléctrico con ese bamboleo incesante, que solo se detiene cuando  los frenos inflexibles ponen en pausa la marcha, esperando a sus anónimos pasajeros.
            Mi historia transcurrió  cerca de una estación. Desde mi infancia, el tren fue protagonista.
            Mis abuelos tenían su casa pegada a la estación Saavedra. Cada domingo y para que el aburrimiento no colmara la tarde, me sentaba en la puerta a mirar pasar el tren. La contemplación se convirtió poco a poco en fascinación. Me quedaba horas, mirando cómo la gente subía y bajaba del tren, a pesar de la lluvia, a pesar del frio, a pesar del intenso calor, a pesar del domingo.
            Mi casa, también estaba cerca de la estación, no tanto como la de mis abuelos, pero solíamos llegar caminando.
            Nuestra estación, así la sentía, era el punto de partida de los paseos, de las alegrías y también porque no de las tristezas de mi infancia. Parecía que ese lugar, de paso para tantos, intrascendente para otros, lo era todo en nuestras vidas, quizás porque también para mi padre, siempre el tren fue su vida, y éste de a poco  se convirtió en la mía.
            Hoy, cuando la infancia ya está muy lejos, siento que el destino,  me trajo casi sin pensarlo, a esta  estación de La Cumbre, en la bella Córdoba, con otra gente, con otros sentires.
            Una estación, en la que el tren ya no transcurre, como en tantos otros pueblos de nuestro país. Un tren que no llega, y que en su pasado fundó pueblos, que luego se convirtieron en ciudades. Pueblos que crecieron junto a él, y que luego sufrieron su abandono, empequeñeciendo poco a poco.
            Hoy en es esta estación, la vida es distinta a la que pasaba en aquella de mis recuerdos. La gente ya no ansía la llegada del tren. Pero su imagen es la misma: el banco, las puertas pesadas de madera y vidrio, el techo de tejas en el andén, y las vías que permanecen,  quizás esperando el regreso del monstruo que vuelva a conquistar las almas de los niños, que como yo,  puedan  sentarse extasiados, a su paso, escuchando el ruido ensordecedor de la imponente mole.
            Como siempre  el paso del tren está presente en mi vida y en él veo la imagen de mi padre, asomado en la puerta del vagón, con su impecable uniforme de guarda y la vieja bandera verde, que agitada en el aire casi le pedía permiso al viento, para que los sueños siguieran viajando.
            Por eso, alguna que otra vez, me asomo a la estación del pueblo, y miro el horizonte, como cuando era niña y cierro los ojos, el tiempo se detiene,   imagino  el tren que se acerca, siento el ruido de las ruedas rozando las vías, la tierra temblar y  el sonido de la bocina, anunciando su llegada.
            Abro los ojos, esperando verlo, pero lo que observo hace que el tiempo vuelva a su lugar real: las vías cubiertas de pasto, el andén vacío, y la vida que transcurrió reflejada en mi rostro y en mi alma. Entonces, sonrío, comienzo a caminar de regreso hacia mi casa y vuelvo a mirar, ya desde lejos, la vieja estación y veo la figura de mi papá; que con su uniforme gris y la gorra sobre sus cabeza canosa, me saluda con la bandera verde y se sube al tren, diciéndome hasta pronto o  quizás adiós.

            

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