El tiempo transcurría lento cuando ella no estaba. Cada
viernes me sentaba en el banco de madera de la estación, a esperarla.
La gente del lugar me conocía. Algunos me miraban con
compasión, pensaban que la locura me había tomado en sus frías garras, y que ya
era imposible rescatarme de tamaña desgracia. A otros, les molestaba mi
presencia. Los escuchaba comentar, en voz no tan baja, que “el loquito”
desentonaba con el lugar, incluso algunos hablaban de hacerme internar. No era
bueno para el pueblo tener a un loco andando por sus calles. Temían que
espantara a los turistas. No me importaba lo que dijeran, yo seguía esperando
Esperaba. Como en los últimos años, creo que hace muchos
ya, cuando el ferrocarril aún era un
visitante asiduo del lugar.
La estación, en aquel tiempo, se colmaba de gente que esperaba la llegada del tren de
las ocho de la mañana y de la que lo veía partir a última hora de la tarde
hacia la ciudad. Con una frecuencia de tres veces a la semana.
Era todo un acontecimiento el arribo y la partida de la
formación. Traía sueños nuevos, vida de la gran ciudad, gente que se instalaba
en las grandes casonas buscando la
tranquilidad y belleza de este pueblo enclavado en las sierras
cordobesas. También se llevaba sueños de progreso, sobre todo de aquellos jóvenes que se iban a estudiar o a trabajar. Algunos volvían, la
mayoría no, se amalgamaban con la vida citadina y se olvidaban del lugar.
Ella no era de esas, siempre volvía, por eso todavía la espero. A pesar de los años
que pasaron, no me canso de esperar.
Esperaba, como en aquellos tiempos cuando cada viernes la
veía llegar. Ella trabajaba en la ciudad.
Se iba los domingos, en el tren de las 19:00 horas, la despedía con una sonrisa y ella con un gran
abrazo y un beso interminable. La empezaba a extrañar ni bien la marcha, primero
lenta de la locomotora comenzaba a arrastrar los vagones hacia la gran ciudad.
Ahí su rostro, pegado a la ventanilla, comenzaba a desdibujarse hasta
desaparecer en la distancia. Agitaba un rato más mi mano, a pesar de saber que
no podía verme, cuando me cansaba volvía a mi casa con la imagen de su rostro
grabada en mis retinas, deseando que el tiempo se acortara y que el viernes
llegara pronto.
Cada uno de los días que el tren arribaba al pueblo, iba
a esperarla, sabía que no volvería hasta el viernes, pero mi corazón abrigaba
íntimamente la esperanza de verla bajar de la escalerilla. Por supuesto, nada
sucedía.
Por fin llegaba el viernes, y sonriente la veía bajar del
tren con su pequeña valija de cuero marrón, algo ajada por el paso del tiempo.
Me abrazaba indefinidamente, parecía querer fundirme en su delgado cuerpo. El
rostro cansado, las manos desgastadas por su trabajo como empleada doméstica.
Pero, a pesar de todo, disimulaba cada gesto de agotamiento poniendo en su
rostro una bella sonrisa.
Caminábamos tomados de la mano, muy despacio, por las
calles del pueblo. Me contaba de sus cosas, y yo la escuchaba extasiado, atento
a cada detalle. Historias de ciudad, muy lejanas para mí. Cuando terminaba sus
relatos, yo comenzaba con los míos. Me oía, entre sonrisa y sonrisa,
interrumpiendo de vez en cuando con alguna pregunta, que lograba extender mis
anécdotas, hasta casi la eternidad. Las adornaba con mínimos detalles, a veces
un poco exagerados. Ella sabía que algunas cosas no eran exactamente así, pero
me dejaba continuar, se había convertido en un juego entre nosotros. Cuanto
amor, cuanta dulzura en cada gesto, en cada palabra.
Cuando llegábamos a la casa, ella acomodaba sus cosas,
lavaba la ropa que había traído y después, aunque lloviera o hiciera frío,
salíamos a pasear por la orilla del río. Charlábamos de infinidad de cosas,
pero el tema principal era la posibilidad de
su regreso definitivo, los dos lo deseábamos, lo necesitábamos para ser
felices por completo.
Más tarde las comidas caseras, la tarta de manzana, las
pastas, olores que inundaban la pequeña casa, y que aún hoy añoro.
Después llegaba el domingo y la historia se repetía, la
partida, la despedida, la espera.
Un viernes, algo cambió. Llegó el tren, busqué su figura entre
la gente, todos bajaron, menos ella.
Desesperado subí, recorrí cada uno de
los vagones buscándola, no estaba. Le pregunté al guarda, él me conocía bien,
de verme cada día en la estación, me contestó que no la había visto, que no
había subido. Me miró con tristeza, subió al tren y lo despacho
con un gran sonido de su silbato, agitando la banderita verde de salida.
Corrí a mi casa, los vecinos se amontonaban en la puerta,
algunos lloraban. Al verme llegar, se corrieron abriendo un camino para que yo
pudiera pasar. No entendía que pasaba. Alguien murmuró algo de un accidente de
auto. Después me explicaron, no quise escuchar, corrí a la orilla del río y lloré.
No pude ver el cuerpo que yacía en el cajón cerrado.
Quizás por eso la espero. Sé que algún día el tren volverá a andar. Sé que voy
a poder ver nuevamente su hermosa figura
bajar por la escalera, sonriendo como siempre. Sé que voy a sentirme fundido en
ese abrazo infinito que solía darme. No me importa que me tilden de loco, nadie
sabe la fuerza que tiene nuestro amor; este inmenso amor que nos tenemos.
Sé que algún día va a volver, sólo tengo que esperar el
tren. Esperar que tome vida nuevamente sobre las vías, que vuelva a traer
sueños y sobre todo que traiga, como siempre, como antes entre sus pasajeros a
mi mamá.
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