Retazos de mi infancia
Siempre me gustaron los trenes. El ruido ensordecedor de
la máquina de gasoil, el sonido en la estación del tren eléctrico con ese
bamboleo incesante, que solo se detiene cuando
los frenos inflexibles ponen en pausa la marcha, esperando a sus anónimos
pasajeros.
La estación, con sus característicos bancos, con sus
olores particulares, con sus rústicos grafitis, que algún grupo de muchachotes
dejó como su marca. Seres que escriben lo que sienten, lo que quieren y marcan
el destino de cada estación, con sus paredes pintadas. Grafitis que seguramente
algún pasajero leerá con desdén, solo para que el tiempo de espera se acorte, llegar quien sabe dónde, más rápido, tan rápido como pasa la vida.
Mi historia transcurrió
cerca de una estación. Desde mi infancia, el tren fue protagonista.
Siempre ahí.
Mis
abuelos tenían su casa pegada a la estación, y cada domingo para que el
aburrimiento no colmara la tarde, me sentaba en la puerta a mirarlo pasar, y la
contemplación se convirtió poco a poco en fascinación. Me quedaba horas,
mirando cómo la gente subía y bajaba del tren, a pesar de la lluvia, a pesar
del frio, a pesar del intenso calor, a pesar del domingo.
La casa donde vivíamos con mis padres, también estaba
cerca de la estación, no tanto como la de mi abuela, pero cerca solíamos llegar
caminando.
Nuestra
estación, así la sentía, como propia. Era
el punto de partida de los paseos, de las tristezas, de las alegrías de mi
infancia. Parecía que ese lugar rústico, de paso para tantos, intrascendente
para otros, lo era todo en nuestras vidas, quizás porque también para mi padre,
siempre el tren fue su vida, un tren que de
a poco se convirtió en la mía.
Hoy, cuando la infancia ya está muy lejos, siento que el
destino, me trajo casi sin pensarlo, a
otra estación, con otra gente, con otros sentires.
Una estación, en la que el tren ya no recorre sus vidas,
como en tantos otros pueblos de nuestro país. Un tren que no llega, y que en su
pasado fundó pueblos, que luego se convirtieron a su paso en ciudades. Pueblos
que crecieron con su cotidiano transcurrir, y que luego sufrieron su abandono,
y con él fueron empequeñeciendo, algunos
hasta desaparecer.
Hoy en "mi estación", la vida es distinta a la
que pasaba en aquella de mis recuerdos. La gente ya no ansía la llegada del
tren. Pero su imagen es la misma: el banco, las puertas pesadas de madera y
vidrio, el techo de tejas en el andén, y las vías que permanecen, quizás esperando el regreso del monstruo que
vuelva a conquistar las almas de los niños, que como yo, puedan sentarse extasiados, a su paso,
escuchando el ruido ensordecedor de la imponente mole.
Como siempre el
paso del tren está presente en mi vida y en él veo la imagen de mi padre,
asomado en la puerta del vagón, con su impecable uniforme de guarda y la vieja
bandera verde, que agitada en el aire casi le pedía permiso al viento, para que
los sueños siguieran viajando.
Por eso, alguna que otra vez, me asomo a la estación del
pueblo, y miro el horizonte, como cuando era niña y cierro los ojos, el tiempo
se detiene, e imagino que el tren se
acerca, siento el ruido de las ruedas rozando las vías, la tierra temblar y
escucho el sonido de la bocina, que anuncia su llegada.
Abro los ojos, esperando ver la mole ingresando, pero lo
que veo hace que el tiempo vuelva a su lugar real: las vías cubiertas de pasto,
el andén vacío, y la vida que transcurrió reflejada en mi rostro y en mi alma.
Me levanto, comienzo a caminar y vuelvo a mirar, ya desde
lejos la vieja estación y veo su figura, la de mi papá, que con su uniforme
gris y la gorra sobre sus cabeza canosa, me saluda, con la bandera verde y se
sube al tren, diciéndome hasta pronto o
quizás adiós.
Sonrío. Vuelvo a mi casa, cerca de esta estación que
inexorablemente me lleva a mi pasado, a mi infancia, a aquellos años en los que
la vida transcurría entre trenes y estaciones, transportando sueños y trayendo
ilusiones.
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