A veces las historias que
escuchamos, traen recuerdos lejanos y
nos remontan a años en los que la vida aún nos trataba como a niños.
Y
así pude buscar en mis recuerdos, mientras sentía que la vida se detenía y
volvían a ser aquellos tiempos.
Un dolor de garganta, fiebre alta,
la panza que se negaba a mantener su equilibrio de ruidos incesantes, eran
causa obligada para llamar al doctor de la familia.
Mi
mamá preparaba la cama, si las sábanas no estaban recién cambiadas, corría a
buscar unas nuevas, impecables, preparadas para este tipo de ocasión. Tenían
olor a sol, y a brisa fresca penetrante, sin enguaje alguno, ni jabones
perfumados.
Sacaba
las sábanas de “entre casa”, y colocaba las que había sacado planchadas del
viejo ropero de roble oscuro. Las colocaba con delicadeza, acomodaba la
almohada y el acolchado color rosa viejo y me hacía acostar, acariciaba mi cabello
y lo colocaba detrás de las orejas y
corría a llamar al doctor. Siempre los mismos gestos, la misma rutina.
No teníamos teléfono, por eso los llamados importantes,
los hacíamos desde la ferretería de la vuelta, porque Don Antonio, por unas
pocas monedas permitía a los vecinos del barrio hablar ante tales
circunstancias.
Cuando mamá volvía, me daba un beso en la frente y me
contaba lo que le había dicho el doctor, generalmente él tardaba un ratito y me
venía a ver. Contenta por no tener que ir al colegio y por los mimos
adicionales que me brindaba mamá, me acomodaba en la cama y esperaba.
Antes de que el médico llegara, mamá
colocaba sobre la cama, en el extremo
dónde están los pies, una toalla pequeña, color blanca, que decía con letras
prolijas y bordadas “gracias doctor”.
No la podía tocar, lucía impecable, y sobre todo muy blanca, como si jamás
nadie la hubiera usado
Al rato, el timbre sonaba, y
aparecía el médico, con su guardapolvo, también blanco e impecable y con el
estetoscopio colgado del cuello y en su mano derecha el maletín negro de cuero.
Tomaba la toalla, la colocaba sobre la mesa de luz y allí acomodaba sus
instrumentos: la cuchara que ya mamá había traído para que examinara mi
garganta, el recetario y la lapicera color dorada.
Después de la revisación de rutina y
el diagnóstico, y de recetar algún que otro remedio, me regalaba un chupetín y
se iba. Mamá lo acompañaba a la puerta y le agradecía infinitamente haber
venido tan rápido. Cuando
volvía a la pieza, sacaba la cuchara de arriba de la toalla blanca, y se la llevaba.. Después salía a comprar los
remedios a la farmacia de la esquina, no sin antes decirme que pronto iba a
estar bien, que no era nada grave.
Cuando terminaba de darme mis remedios, con la promesa de que si lo
hacía bien, me daría el librito para pintar que recién me había comprado en la
librería de Don Miguel, y como yo siempre me portaba bien porque sabía del
premio, me traía la mesa con patitas para la cama, me daba las pinturitas y el
libro en cuestión y salía apurada para la cocina. Escuchaba el agua correr y
sabía que estaba lavando con jabón blanco la preciada toalla, luego se sentían
sus pasos por la escalera que iba a la terraza, la colgaba y bajaba a
acompañarme, mientras yo pintaba entusiasmada dibujos de cuentos de hadas.
Pasaron los años, y la pequeña
toalla blanca siguió cumpliendo su función, acompañarme en cada enfermedad de
niña que me tomaba por sorpresa, sobre todo en invierno.
Nunca pude olvidar la rutina que mi
madre realizaba en cada enfermedad que necesitaba la presencia del doctor. Las
sábanas nuevas, impecablemente almidonadas, el acolchado rosa, y sobre todo la
toalla blanca, con aquella frase, que en aquel momento no significaba nada.
La vida me premió con hijos, y
entonces entendí la rutina de las sábanas, las caricias de mi madre y el valor
de la frase bordada en la pequeña toalla blanca.
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