La niña
El rostro
curtido por el frío invierno se entremezcla con la inocencia de su corta edad.
Las manos frías, la mirada oculta en un flequillo, que enmarca sus ojos
tristes, desesperanzados.
La observé, lo
mismo hizo ella conmigo. Sostener esa mirada, me causó culpa, tristeza,
impotencia, dolor.
No supe que
decir, se acercó despacio, y con voz muy baja, imperceptible, pidió caramelos,
tuve que preguntarle más de una vez que me decía, hasta que finalmente, pude
entender en su media lengua, producto de su corta edad, el pedido. Palpé mis
bolsillos, sabiendo que en ellos no iba a encontrar aquello que me pedía, y con
profunda pena le dije que no tenía. Me miró con desconfianza, y volví a repetir
la frase estúpida, ahora de manera entrecortada. Sus ojos se pusieron un poco
más tristes que antes, y siguió observando, mientras contemplaba las rústicas
artesanías, que su mamá ofrecía a la vera de la ruta. Le pedí ayuda para elegir
las macetas hechas de cardón pelado, y cuyas estrellas eran las pencas, que poblaban
generosamente el lugar.
No respondió,
quizás entendiendo poco porque no podía cumplir con su pedido, y me sentí
culpable, por no saber, por no poder cumplir con su deseo. Quise compensar esa
tristeza comprando más de una maceta, alabando la habilidad de su mamá en la
obra terminada. Pero de nada sirvió, su mirada triste seguía observando mis
bolsillos, quizás esperando que milagrosamente se llenaran de dulces caramelos.
Terminé de
comprar, torpemente, ofrecí a la mujer que se quedar con el vuelto, quizás
esperando que con ese dinero pudiera compensar a la niña con los caramelos no regalados.
Tomé las
macetas, la miré por última vez, agradecí a su madre, me subí al auto y mi
mente se sumió en una tristeza colmada de culpa.
Arranqué, la vi por el espejo retrovisor, me seguía
observando, y escapé de aquello, me encerré en mi mente tratando de no pensar,
sobre todo tratando de no sentir. Me tragué la culpa, me sentí lejana, y a la
vez cerca.
No olvido su
rostro. Me quedó grabado, quizás para siempre, su mirada negra, sus ojos
enormes, su cachetes rojos, su intenso reproche, y me quedó la culpa, de no
haber sabido, que la pequeña niña se
cruzaría en mi vida con tal humilde pedido, y no poder cumplirlo me dejó
devastada, quizás por un rato, o quizás para siempre.
Mientras
tenga vida, no olvidaré a la pequeña que
en el medio de un camino, dónde el frío apremia, donde la pobreza es mucha, me
pidió simplemente un puñado de dulce, para enterrar su tristeza y contagiarse
un poco de la vida de aquellos, que pasan por la ruta y paran para comprar unas
pencas, dejando muy atrás tanta pobreza.
Hermoso relato Alicia ! me quedó un nudo en la garganta ,casi podía ver a esa niña!
ResponderEliminarQuedo a la espera de tu siguiente publicación.Besos.