martes, 9 de septiembre de 2014
Aprendí
En estos días aprendí, que los sueños se cumplen, que el amor se transforma y así logra perdurar en el tiempo, que la vida da recompensas, que los hijos regalan sonrisas y gestos que nos colman el alma y el cuerpo,
lunes, 11 de agosto de 2014
La tristeza espera..
La tristeza se instala sin pedir permiso. Permanece, endurece el corazón, el rostro y la mirada.
Espera, paciente, que los sueños mueran, que nadie te rescate de su lecho cruel.
Luego, cuando la lucha acaba y no queda nada, te toma en sus brazos y comparte tu soledad y tus lágrimas, feliz de haberle ganado a su enemiga eterna, una nueva batalla.
Espera, paciente, que los sueños mueran, que nadie te rescate de su lecho cruel.
Luego, cuando la lucha acaba y no queda nada, te toma en sus brazos y comparte tu soledad y tus lágrimas, feliz de haberle ganado a su enemiga eterna, una nueva batalla.
La trama de la vida
Hoy sin querer, recorrí espacios de mi infancia.
Me senté esperando que el sol saliera de su descanso nocturno y miré los objetos preparados sobre la mesa del jardín: lana de colores vivos, rojo, verde, amarillo y un tenue celeste que reflejaba el estado del cielo, en la dorada mañana. Junto a las ovillos, la aguja de crochet, que seguramente ansiaba la llegada de las manos expertas que la mantuvieran en movimiento para enlazarse, azorosamente en el arte de la creación.
Con timidez tomé un ovillo de lana al azar, plácidamente noté que el elegido era mi color favorito, el verde brillante, algunos dicen que representa la esperanza, y en este momento si algo me faltaba era ese condimento para mi vida.
Acaricié la lana suave, cerré mis ojos y logré sentir una sensación de paz que recorría mi cuerpo. Tomé la aguja y ensayando, con movimientos torpes, pude poner en práctica, el arte de tejer. Recordé aquellos días en que aprendí de la mano de mi madre, a hacer cuadrados de colores para armar interminables acolchados y almohadones que luego decoraban la casa familiar.
Comencé a hilvanar uno por uno los puntos que formaban la cadeneta, después poco a poco, el enlazado de los hilos que conformaban la lana, comenzaron a tomar forma y enhebrarse en una fantástica figura que terminó siendo parte del ansiado almohadón.
Así seguí por horas, tejiendo y recordando, hermosos momentos de la vida, sin poder parar ni un segundo, quizás en un deseo compulsivo por volver a aquellos tiempos. Cuando el sol, casi se escondía, terminé cada una de las partes de mi obra de arte. Pacientemente las uní, y con lágrimas en los ojos, pude verme a mi misma, recuperando en aquel sencillo tejido, parte de mi vida:, sensaciones, sentimientos, risas, lágrimas, y ganas de volver a empezar a cada instante, a pesar de todo.
Entonces descubrí que la esperanza volvía, que sabía que podía seguir o mejor dicho sabía que podía levantarme y seguir tejiendo, como tantas otras veces, con distintos colores, con diferentes texturas. Entretejer cada día, soñando, sintiendo, viviendo.
martes, 15 de julio de 2014
martes, 8 de julio de 2014
Gracias doctor.
A veces las historias que
escuchamos, traen recuerdos lejanos y
nos remontan a años en los que la vida aún nos trataba como a niños.
Y
así pude buscar en mis recuerdos, mientras sentía que la vida se detenía y
volvían a ser aquellos tiempos.
Un dolor de garganta, fiebre alta,
la panza que se negaba a mantener su equilibrio de ruidos incesantes, eran
causa obligada para llamar al doctor de la familia.
Mi
mamá preparaba la cama, si las sábanas no estaban recién cambiadas, corría a
buscar unas nuevas, impecables, preparadas para este tipo de ocasión. Tenían
olor a sol, y a brisa fresca penetrante, sin enguaje alguno, ni jabones
perfumados.
Sacaba
las sábanas de “entre casa”, y colocaba las que había sacado planchadas del
viejo ropero de roble oscuro. Las colocaba con delicadeza, acomodaba la
almohada y el acolchado color rosa viejo y me hacía acostar, acariciaba mi cabello
y lo colocaba detrás de las orejas y
corría a llamar al doctor. Siempre los mismos gestos, la misma rutina.
No teníamos teléfono, por eso los llamados importantes,
los hacíamos desde la ferretería de la vuelta, porque Don Antonio, por unas
pocas monedas permitía a los vecinos del barrio hablar ante tales
circunstancias.
Cuando mamá volvía, me daba un beso en la frente y me
contaba lo que le había dicho el doctor, generalmente él tardaba un ratito y me
venía a ver. Contenta por no tener que ir al colegio y por los mimos
adicionales que me brindaba mamá, me acomodaba en la cama y esperaba.
Antes de que el médico llegara, mamá
colocaba sobre la cama, en el extremo
dónde están los pies, una toalla pequeña, color blanca, que decía con letras
prolijas y bordadas “gracias doctor”.
No la podía tocar, lucía impecable, y sobre todo muy blanca, como si jamás
nadie la hubiera usado
Al rato, el timbre sonaba, y
aparecía el médico, con su guardapolvo, también blanco e impecable y con el
estetoscopio colgado del cuello y en su mano derecha el maletín negro de cuero.
Tomaba la toalla, la colocaba sobre la mesa de luz y allí acomodaba sus
instrumentos: la cuchara que ya mamá había traído para que examinara mi
garganta, el recetario y la lapicera color dorada.
Después de la revisación de rutina y
el diagnóstico, y de recetar algún que otro remedio, me regalaba un chupetín y
se iba. Mamá lo acompañaba a la puerta y le agradecía infinitamente haber
venido tan rápido. Cuando
volvía a la pieza, sacaba la cuchara de arriba de la toalla blanca, y se la llevaba.. Después salía a comprar los
remedios a la farmacia de la esquina, no sin antes decirme que pronto iba a
estar bien, que no era nada grave.
Cuando terminaba de darme mis remedios, con la promesa de que si lo
hacía bien, me daría el librito para pintar que recién me había comprado en la
librería de Don Miguel, y como yo siempre me portaba bien porque sabía del
premio, me traía la mesa con patitas para la cama, me daba las pinturitas y el
libro en cuestión y salía apurada para la cocina. Escuchaba el agua correr y
sabía que estaba lavando con jabón blanco la preciada toalla, luego se sentían
sus pasos por la escalera que iba a la terraza, la colgaba y bajaba a
acompañarme, mientras yo pintaba entusiasmada dibujos de cuentos de hadas.
Pasaron los años, y la pequeña
toalla blanca siguió cumpliendo su función, acompañarme en cada enfermedad de
niña que me tomaba por sorpresa, sobre todo en invierno.
Nunca pude olvidar la rutina que mi
madre realizaba en cada enfermedad que necesitaba la presencia del doctor. Las
sábanas nuevas, impecablemente almidonadas, el acolchado rosa, y sobre todo la
toalla blanca, con aquella frase, que en aquel momento no significaba nada.
La vida me premió con hijos, y
entonces entendí la rutina de las sábanas, las caricias de mi madre y el valor
de la frase bordada en la pequeña toalla blanca.
Retazos de infancia
Retazos de mi infancia
Siempre me gustaron los trenes. El ruido ensordecedor de
la máquina de gasoil, el sonido en la estación del tren eléctrico con ese
bamboleo incesante, que solo se detiene cuando
los frenos inflexibles ponen en pausa la marcha, esperando a sus anónimos
pasajeros.
La estación, con sus característicos bancos, con sus
olores particulares, con sus rústicos grafitis, que algún grupo de muchachotes
dejó como su marca. Seres que escriben lo que sienten, lo que quieren y marcan
el destino de cada estación, con sus paredes pintadas. Grafitis que seguramente
algún pasajero leerá con desdén, solo para que el tiempo de espera se acorte, llegar quien sabe dónde, más rápido, tan rápido como pasa la vida.
Mi historia transcurrió
cerca de una estación. Desde mi infancia, el tren fue protagonista.
Siempre ahí.
Mis
abuelos tenían su casa pegada a la estación, y cada domingo para que el
aburrimiento no colmara la tarde, me sentaba en la puerta a mirarlo pasar, y la
contemplación se convirtió poco a poco en fascinación. Me quedaba horas,
mirando cómo la gente subía y bajaba del tren, a pesar de la lluvia, a pesar
del frio, a pesar del intenso calor, a pesar del domingo.
La casa donde vivíamos con mis padres, también estaba
cerca de la estación, no tanto como la de mi abuela, pero cerca solíamos llegar
caminando.
Nuestra
estación, así la sentía, como propia. Era
el punto de partida de los paseos, de las tristezas, de las alegrías de mi
infancia. Parecía que ese lugar rústico, de paso para tantos, intrascendente
para otros, lo era todo en nuestras vidas, quizás porque también para mi padre,
siempre el tren fue su vida, un tren que de
a poco se convirtió en la mía.
Hoy, cuando la infancia ya está muy lejos, siento que el
destino, me trajo casi sin pensarlo, a
otra estación, con otra gente, con otros sentires.
Una estación, en la que el tren ya no recorre sus vidas,
como en tantos otros pueblos de nuestro país. Un tren que no llega, y que en su
pasado fundó pueblos, que luego se convirtieron a su paso en ciudades. Pueblos
que crecieron con su cotidiano transcurrir, y que luego sufrieron su abandono,
y con él fueron empequeñeciendo, algunos
hasta desaparecer.
Hoy en "mi estación", la vida es distinta a la
que pasaba en aquella de mis recuerdos. La gente ya no ansía la llegada del
tren. Pero su imagen es la misma: el banco, las puertas pesadas de madera y
vidrio, el techo de tejas en el andén, y las vías que permanecen, quizás esperando el regreso del monstruo que
vuelva a conquistar las almas de los niños, que como yo, puedan sentarse extasiados, a su paso,
escuchando el ruido ensordecedor de la imponente mole.
Como siempre el
paso del tren está presente en mi vida y en él veo la imagen de mi padre,
asomado en la puerta del vagón, con su impecable uniforme de guarda y la vieja
bandera verde, que agitada en el aire casi le pedía permiso al viento, para que
los sueños siguieran viajando.
Por eso, alguna que otra vez, me asomo a la estación del
pueblo, y miro el horizonte, como cuando era niña y cierro los ojos, el tiempo
se detiene, e imagino que el tren se
acerca, siento el ruido de las ruedas rozando las vías, la tierra temblar y
escucho el sonido de la bocina, que anuncia su llegada.
Abro los ojos, esperando ver la mole ingresando, pero lo
que veo hace que el tiempo vuelva a su lugar real: las vías cubiertas de pasto,
el andén vacío, y la vida que transcurrió reflejada en mi rostro y en mi alma.
Me levanto, comienzo a caminar y vuelvo a mirar, ya desde
lejos la vieja estación y veo su figura, la de mi papá, que con su uniforme
gris y la gorra sobre sus cabeza canosa, me saluda, con la bandera verde y se
sube al tren, diciéndome hasta pronto o
quizás adiós.
Sonrío. Vuelvo a mi casa, cerca de esta estación que
inexorablemente me lleva a mi pasado, a mi infancia, a aquellos años en los que
la vida transcurría entre trenes y estaciones, transportando sueños y trayendo
ilusiones.
.
Para vos...
Busco entre
mis recuerdos el día que te conocí, estabas ahí parado como si nada pasara
alrededor tuyo. Te miré con timidez, me devolviste la mirada, y seguiste con
tus tareas.
Así empezó el juego de conocernos,
los encuentros se fueron sucediendo, espontáneos, incoherentes, a veces sin
razón alguna que los provocara. Pero ahí estábamos conversando de cualquier
cosa que sirviera de excusa válida para mantener un contacto breve, aunque sea
un minuto.
La necesidad de estar juntos creció,
no pensamos mucho al coordinar la primera cita, ya no queríamos quedar librados
a la posibilidad de que el azar fuera el único que nos juntara; ambos queríamos
que esto fuera intencional, buscado, acordado.
La primera cita nos encontró en un
café, en Vicente López, toda una odisea
llegar desde la capital hasta allí, a un lugar dónde nunca habías
estado.
Nos sentamos, me regalaste
imprevistamente una rosa, la mujer que vendía las flores pasó desapercibida
para mí, pero no para vos que con un gesto inolvidable apareciste con la flor
en la mano, con la ternura de un niño, con la decisión de un hombre que quiere
conquistar el amor.
Charlamos sobre cosas que no
importaban mucho, fue como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante, en
ese lugar, en esa flor.
Salimos después de un rato, y como
ya era tarde, decidimos separarnos, me acompañaste, solamente tomaste mi mano,
tímidamente, con cuidado. Un beso en la mejilla fue nuestra despedida, hasta el
otro día, hasta muchos otros días.
Nuestra historia fue creciendo, el tiempo
fue uniendo nuestras vidas.
Éramos jóvenes, atrevidamente
jóvenes y nos proponíamos ser felices. Lo fuimos, lo somos, lo seremos. Nunca
dejamos de soñar, a pesar de que la vida nos regaló muchas tristezas, momentos
duros, como a todos. Pero los buenos tiempos le ganaron a los malos, supimos
salir adelante.
Formamos una familia. Dos hijos llegaron
a nuestra historia y fueron los que sellaron de alguna manera nuestro gran
amor. Hoy ya adultos, nos demuestran día a día que la tarea emprendida aquel
día, ya hace mucho tiempo, ha tenido resultados increíbles.
La historia sigue abierta, los
hechos siguen sucediendo, el tiempo sigue surcando nuestro destino, los sueños
siguen latiendo en nuestros corazones y sobre todo nos seguimos amando, como
antes, como siempre, para siempre.
Si pudiera...
Si pudiera decirte que te amo
cada vez que las palabras asoman a mi boca,
lo haría.
Si pudiera decirte que te amo
cada vez que tus manos se tocan, sin querer, con las mías,
lo haría.
Si pudiera decirte que te amo
cada vez que tu sonrisa ilumina mi vida,
lo haría.
Si pudiera decirte que te amo
cada vez que tus brazos envuelven mi figura,
lo haría.
Si pudiera decirte que te amo
cuando tus ojos descansan en los míos,
lo haría.
Si pudiera decirte que te amo
cada día de la vida,
lo haría.
Pero sé que escuchar tantos te amo,
te alejaría.
El loco de la estación
El tiempo transcurría lento cuando ella no estaba. Cada
viernes me sentaba en el banco de madera de la estación, a esperarla.
La gente del lugar me conocía. Algunos me miraban con
compasión, pensaban que la locura me había tomado en sus frías garras, y que ya
era imposible rescatarme de tamaña desgracia. A otros, les molestaba mi
presencia. Los escuchaba comentar, en voz no tan baja, que “el loquito”
desentonaba con el lugar, incluso algunos hablaban de hacerme internar. No era
bueno para el pueblo tener a un loco andando por sus calles. Temían que
espantara a los turistas. No me importaba lo que dijeran, yo seguía esperando
Esperaba. Como en los últimos años, creo que hace muchos
ya, cuando el ferrocarril aún era un
visitante asiduo del lugar.
La estación, en aquel tiempo, se colmaba de gente que esperaba la llegada del tren de
las ocho de la mañana y de la que lo veía partir a última hora de la tarde
hacia la ciudad. Con una frecuencia de tres veces a la semana.
Era todo un acontecimiento el arribo y la partida de la
formación. Traía sueños nuevos, vida de la gran ciudad, gente que se instalaba
en las grandes casonas buscando la
tranquilidad y belleza de este pueblo enclavado en las sierras
cordobesas. También se llevaba sueños de progreso, sobre todo de aquellos jóvenes que se iban a estudiar o a trabajar. Algunos volvían, la
mayoría no, se amalgamaban con la vida citadina y se olvidaban del lugar.
Ella no era de esas, siempre volvía, por eso todavía la espero. A pesar de los años
que pasaron, no me canso de esperar.
Esperaba, como en aquellos tiempos cuando cada viernes la
veía llegar. Ella trabajaba en la ciudad.
Se iba los domingos, en el tren de las 19:00 horas, la despedía con una sonrisa y ella con un gran
abrazo y un beso interminable. La empezaba a extrañar ni bien la marcha, primero
lenta de la locomotora comenzaba a arrastrar los vagones hacia la gran ciudad.
Ahí su rostro, pegado a la ventanilla, comenzaba a desdibujarse hasta
desaparecer en la distancia. Agitaba un rato más mi mano, a pesar de saber que
no podía verme, cuando me cansaba volvía a mi casa con la imagen de su rostro
grabada en mis retinas, deseando que el tiempo se acortara y que el viernes
llegara pronto.
Cada uno de los días que el tren arribaba al pueblo, iba
a esperarla, sabía que no volvería hasta el viernes, pero mi corazón abrigaba
íntimamente la esperanza de verla bajar de la escalerilla. Por supuesto, nada
sucedía.
Por fin llegaba el viernes, y sonriente la veía bajar del
tren con su pequeña valija de cuero marrón, algo ajada por el paso del tiempo.
Me abrazaba indefinidamente, parecía querer fundirme en su delgado cuerpo. El
rostro cansado, las manos desgastadas por su trabajo como empleada doméstica.
Pero, a pesar de todo, disimulaba cada gesto de agotamiento poniendo en su
rostro una bella sonrisa.
Caminábamos tomados de la mano, muy despacio, por las
calles del pueblo. Me contaba de sus cosas, y yo la escuchaba extasiado, atento
a cada detalle. Historias de ciudad, muy lejanas para mí. Cuando terminaba sus
relatos, yo comenzaba con los míos. Me oía, entre sonrisa y sonrisa,
interrumpiendo de vez en cuando con alguna pregunta, que lograba extender mis
anécdotas, hasta casi la eternidad. Las adornaba con mínimos detalles, a veces
un poco exagerados. Ella sabía que algunas cosas no eran exactamente así, pero
me dejaba continuar, se había convertido en un juego entre nosotros. Cuanto
amor, cuanta dulzura en cada gesto, en cada palabra.
Cuando llegábamos a la casa, ella acomodaba sus cosas,
lavaba la ropa que había traído y después, aunque lloviera o hiciera frío,
salíamos a pasear por la orilla del río. Charlábamos de infinidad de cosas,
pero el tema principal era la posibilidad de
su regreso definitivo, los dos lo deseábamos, lo necesitábamos para ser
felices por completo.
Más tarde las comidas caseras, la tarta de manzana, las
pastas, olores que inundaban la pequeña casa, y que aún hoy añoro.
Después llegaba el domingo y la historia se repetía, la
partida, la despedida, la espera.
Un viernes, algo cambió. Llegó el tren, busqué su figura entre
la gente, todos bajaron, menos ella.
Desesperado subí, recorrí cada uno de
los vagones buscándola, no estaba. Le pregunté al guarda, él me conocía bien,
de verme cada día en la estación, me contestó que no la había visto, que no
había subido. Me miró con tristeza, subió al tren y lo despacho
con un gran sonido de su silbato, agitando la banderita verde de salida.
Corrí a mi casa, los vecinos se amontonaban en la puerta,
algunos lloraban. Al verme llegar, se corrieron abriendo un camino para que yo
pudiera pasar. No entendía que pasaba. Alguien murmuró algo de un accidente de
auto. Después me explicaron, no quise escuchar, corrí a la orilla del río y lloré.
No pude ver el cuerpo que yacía en el cajón cerrado.
Quizás por eso la espero. Sé que algún día el tren volverá a andar. Sé que voy
a poder ver nuevamente su hermosa figura
bajar por la escalera, sonriendo como siempre. Sé que voy a sentirme fundido en
ese abrazo infinito que solía darme. No me importa que me tilden de loco, nadie
sabe la fuerza que tiene nuestro amor; este inmenso amor que nos tenemos.
Sé que algún día va a volver, sólo tengo que esperar el
tren. Esperar que tome vida nuevamente sobre las vías, que vuelva a traer
sueños y sobre todo que traiga, como siempre, como antes entre sus pasajeros a
mi mamá.
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